Acerca del proyecto de Cementos Alfa en Valdeolea

RAMON BEIVIDE/CATEDRATICO DE LA E. T. S. DE INGENIEROS INDUSTRIALES Y DE TELECOMUNICACION UNIVERSIDAD DE CANTABRIA

Recientemente, se ha suscitado un importante debate en torno al proyecto de sustitución parcial de combustible propuesto por Cementos Alfa para sus instalaciones de Valdeolea. Diferentes colectivos y particulares se han manifestado a favor y en contra del proyecto en las páginas de este periódico. Con ánimo constructivo, me tomo yo también la libertad de hacer públicas algunas reflexiones personales al respecto. El asunto parece tener dos claras dimensiones: una medioambiental y otra de salud pública. Respecto a la primera, creo que la singularidad geográfica y climática de los valles del sur de Cantabria así como sus riquezas naturales, paisajísticas y artísticas hacen de toda esa región un importante activo de futuro que los cántabros debemos preservar y mejorar. Por tanto, deberíamos ser cuidadosos respecto a las actuaciones a llevar a cabo en la zona. Respecto a la segunda dimensión, es posible constatar una preocupación creciente por el impacto negativo que el proyecto de Alfa pudiera causar en la salud de los que residen en las cercanías de la planta cementera. Por su trascendencia, me centraré más en este segundo aspecto.

En Ciencia y en algunas de sus aplicaciones hay muy pocas preguntas que puedan responderse taxativamente con un sí o un no. Llevamos cientos de años intentando comprender distintos fenómenos físicos, químicos y biológicos ante los cuales nos confesamos poco menos que ignorantes. El estudio del efecto que producen las dioxinas sobre el medio ambiente en general y la salud humana en particular, parece ser un ejemplo más de nuestra inmadurez científica. Muchos recursos se han invertido por parte de los estados y de la industria para tratar de determinar la influencia de tales compuestos sobre la salud humana. Sin embargo, lejos de alcanzarse una conclusión clara, existe un gran debate técnico acerca de los efectos cancerígenos que determinadas proporciones de esas sustancias pueden causar en el ser humano.

Las plantas productoras de cementos que utilizan residuos fósiles convencionales no parecen ser una fuente importante de dioxinas de acuerdo con el Eurapean Diaxine Inventary [1]. No obstante, el mismo informe refleja la sospecha de que las plantas que emplean residuos industriales como parte de su combustible emiten a la atmósfera una cantidad mayor de dioxinas. Asimismo, el informe señala que en tales plantas pueden existir problemas específicos de inmisión y deposición cuyas consecuencias son imposibles de predecir. Es por estos motivos que los autores del informe proponen hacer un ensayo real de «peor caso» para intentar rellenar las lagunas de conocimiento existentes. Primer dilema: Cuándo podrá saber el ciudadano medio, a ciencia cierta, la variedad y cantidad de dioxinas que genera una planta de producción de cemento como la que Alfa propone para Mataporquera. En 1997 la Agency for Research on Cancer, dependiente de la Organización Mundial de la Salud concluyó que ciertas cantidades de determinadas dioxinas causan cáncer en humanos [2]. R. Hoover en [3], insiste en que determinadas dioxinas deben considerarse como carcinógenos humanos. Por el contrario, el toxicólogo M. Kamrim preguntado por la revista Lancet acerca de las conclusiones obtenidas por Hoover, y por otros científicos que publicaron resultados semejantes, declara que no contempla a las dioxinas como un riesgo para la salud humana [4]. Segundo dilema: A quién debe hacer caso el ciudadano medio, a Hoover o a Kamrim.

Aunque soy lego en las materias técnicas relacionadas con este asunto, creo en el método científico. Las fuentes que he citado me merecen respeto e independencia de criterio. Como en muchos otros casos, parece que estamos ante problemas que están lejos de entenderse completamente. No se sabe muy bien que es lo que pasa, y mucho menos, lo que pasará con la salud de las personas después de unos cuantos años viviendo cerca de una cementera que utiliza residuos industriales como combustible. El hecho de que otros países desarrollados empleen estas técnicas no significa que ellos lo sepan.

En diferentes informes de acceso público elaborados por las propias industrias cementeras se indica que el combustible convencional empleado en sus hornos representa entre el 30% y el 60% de sus costes totales de producción. Además de poder ahorrarse parte de esos importantes costes, Alfa obtendría ingresos adicionales por adquirir los residuos industriales que serían más tarde utilizados como combustible. Directivos y accionistas de cualquier empresa industrial soñarían con reconversiones de este estilo. Es, por tanto, perfectamente explicable la animosidad con la que Alfa aborda este proyecto. Sin embargo, hay que extremar el celo para modular adecuadamente los mensajes que provienen de la propia empresa ya que, inevitablemente, contienen un importante sesgo.

Soy un defensor convencido de la renovación industrial de Cantabria. Pero no a cualquier precio. Dedico una gran parte de mi vida profesional a contribuir a una mayor industrialización de nuestra región. Reconozco que es difícil encontrar alguna actividad industrial en la sociedad desarrollada del siglo XXI que no genere, en diferente grado, productos contaminantes no deseados. Sin embargo, es obligación de esta sociedad tecnificada evitar y, sólo cuando no exista otra alternativa, minimizar los riesgos que comportan tales contaminantes. Desde mi modesto punto de vista, existen indicios suficientes como para aplicar mecanismos de prevención ante esta clase de actuaciones. Ante las trascendentes dudas que genera el proyecto de Alfa al día de hoy, quizás lo más juicioso sea abstenerse de llevado a la práctica. Respeto la opinión favorable que diferentes colectivos colegiados han expresado respecto al proyecto. También respeto la competencia técnica de los directivos de la empresa, las posiciones editoriales de este diario y las de otros particulares. Sin embargo, creo que algunas opiniones vertidas en varios artículos recientes no contribuyen en modo alguno a la comprensión serena del problema. No me parece oportuno urgir a nuestras autoridades a la concesión del permiso de ejecución del proyecto a Alfa de forma rápida como sugiere el Colegio de Ingenieros Industriales. Aunque suele ser conveniente tomar una cierta equidistancia ante problemas tan complejos, supongo que para emitir juicios tan categóricos mis colegas habrán utilizado fuentes de igual o mayor solvencia que las que yo he citado. Las prisas suelen ser malas consejeras cuando nos enfrentamos a decisiones que pueden conducirnos a situaciones inciertas o no deseadas. Confío en que nuestras autoridades dispongan del tiempo necesario para tomar la decisión más conveniente, de la cual serán responsables en lo sucesivo. En esta misma línea, considero imprescindible dar un protagonismo fundamental a nuestras autoridades sanitarias. Francamente, echo mucho de menos artículos de opinión donde se considere la dimensión sanitaria de este problema. Sería muy bueno que alguno de nuestros excelentes profesionales en medicina nos ilustrara al respecto.

Por otra parte, me parece un desatino calificar de «fundamentalistas medioambientales» o «rurales a tiempo parcial» a todos los que nos oponemos a este proyecto, tal y como hizo el Sr. Cabezón en estas mismas páginas. Análisis tan simplistas como el suyo no sólo no aportan un ápice de luz al problema sino que contribuyen a diluir la objetividad que el propio autor parece reclamar. Del mismo modo, es totalmente inaceptable argumentar, como algunos han hecho aquí, que los que tenemos serias dudas respecto a la inocuidad de este proyecto nos oponemos al cumplimiento del protocolo de Kioto. Este tipo de argumento falaz contribuye a desviar la atención del problema en el que debemos concentramos en este momento.

Una última reflexión. Es difícil encontrar un núcleo de población más incrustado en un complejo industrial que Mataporquera. De hecho, el pueblo se desarrolló merced a la actividad de Alfa. Convirtámonos cada uno, por un momento, en vecino de Mataporquera y tratemos de asumir las incertidumbres que genera un proyecto que tal vez pudiera condicionar nuestra salud y la de nuestras familias. En caso de llevarse a cabo, sólo nos cabría dejar pasar el tiempo y contar con la suerte o la providencia para que, finalmente, los técnicos que opinan que no hay riesgo alguno para la salud tengan razón. De no ser así, Alfa podría convertirse en un émulo de Cronos que, como es sabido, era el dios griego que acabó por comerse a la mayor parte de sus hijos.

Referencias:

[1] http://europa.eu.int/comm/environment/dioxin/stage1/partbresults2.pdf. pp. 231.

[2] D. B. McGregor et al. 'An IARC Evaluation of Polychlorinated Dibenzo-P-dioxins and Polychlorinated Dibenzofurans as Risk Factors in Human Carcinogenesis». Environmental Health Perspectives. Vol. 106, Apri11998, pp. 755-760.

[3] R. N. Hoover. «Dioxin Dilemmas». Joumal of the National Cancer Institute. Vol. 91, N.º 9, May 1999, pp. 745-746.

[4] M. Larkin. «Public-health Message about Dioxin Remains Unclear». Lancet Vol. 353. May 1999. pp. 1681.

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