¿INCINERACION DE RESIDUOS PELIGROSOS? MAS VALE PREVENIR…

Tribuna de Opinión        29/05/2004

 

Mario Fernández López de Ahumada

 

“El diagnóstico médico más preciso
es el que emana de la autopsia, pero seguramente
el interesado habría preferido un diagnóstico
a medias y una terapia a tiempo.”
Ramón Folch.

Los efectos sobre la salud y el medio ambiente de muchos de los nuevos contaminantes ambientales van siendo conocidos muy recientemente y lamentablemente en ocasiones sólo después de accidentes o catástrofes.

Así nuestra sociedad ha ido tomando lentamente conciencia de los riesgos derivados de la contaminación ambiental por dioxinas especialmente después de la “crisis de los pollos belgas” y la afectación de la cadena alimentaria a partir de la contaminación de los piensos por estas sustancias organocloradas a comienzos de 1999.



Instituciones internacionales como la ONU se plantean ya a partir del Convenio de Estocolmo firmado en Mayo de 2001 la “minimización continua de las dioxinas entre otros organoclorados y cuando sea viable su eliminación final” debido a su alta peligrosidad derivada de su carácter bioacumulativo, altamente persistente y su capacidad ya demostrada de favorecer el desarrollo de procesos cancerosos en humanos además de su capacidad para afectar al sistema inmunitario que nos defiende de las infecciones y de muchos tipos de cáncer y de afectar el equilibrio hormonal al actuar como disruptores endocrinos.

Las dioxinas ya fueron “famosas” muy anteriormente, en 1976 , cuando sucedió el accidente de Seveso, en Italia, que obligó a desalojar a cientos de personas de la zona afectada, al igual que sucedió en Times Beach , Missouri. Fueron conocidas también por los efectos que aún se manifiestan, varias generaciones después, en los vietnamitas que sufrieron el bombardeo con el llamado “agente naranja” un herbicida organoclorado contaminado con dioxinas y en los propios soldados norteamericanos que lo utilizaron.

La presencia de dioxinas en el medio ha aumentado extraordinariamente a partir de la revolución industrial. No se producen voluntariamente, no tienen ninguna utilidad industrial ni comercial pero siempre que se dé una combustión de materia orgánica en presencia de cloro se generan dioxinas. Su producción aumenta en presencia de algunos metales como cobre y cinc que actúan como catalizadores en el proceso de formación de estas substancias.

En España y en Europa Occidental la principal fuente de dioxinas son la incineración de residuos y la industria de reciclaje de metales.

En el mencionado Convenio de Estocolmo las cementeras que incineran residuos se incluyeron entre las cuatro fuentes más importantes de emisión de dioxinas.

La incineración en una cementera de residuos como aceites usados vegetales y minerales, fuel blending, residuos de fragmentación de vehículos, lodos de depuradora y neumáticos, producirá inevitablemente emisión de dioxinas y metales pesados.

Las dioxinas que se forman en la incineración parece que efectivamente pueden descomponerse si se superan los 850 º C de temperatura en el proceso de combustión, con un tiempo de residencia de los gases de dos segundos a dicha temperatura y manteniendo turbulencia durante la combustión, pero todo indica que vuelven a formarse por recombinación de los elementos procedentes de la combustión al descender la temperatura a 250 a 400 º C en las fases de emisión, tanto en la propia chimenea como en el penacho de los gases emitidos. Esto ha sido comprobado al medir no sólo las emisiones tras la combustión sino también las inmisiones de dioxinas en las zonas próximas a las incineradoras.

Las dioxinas, no se disuelven en el agua pero sí tienen afinidad por las grasas en las que permanecen durante muchos años ya que son muy lentamente degradables. Su vida media, el tiempo que tardan en reducir su concentración en un 50 % en el organismo humano, es de seis a diez años. En los suelos pueden persistir durante varias décadas y se difunden ampliamente.

Su mayor peligro para la salud, al margen de la exposición aguda accidental, deriva de su capacidad para incorporarse a la cadena alimentaria. Al acumularse en las grasas animales, aún encontrándose en pequeñísimas proporciones inicialmente, van alcanzando concentraciones progresivamente mayores a medida que se avanza en la cadena alimentaria, al final de la cual nos encontramos los seres humanos.

En la cadena alimentaria acuática por ejemplo se ha conocido recientemente que en pescados como el salmón las dioxinas alcanzan concentraciones varios millones de veces superiores a las inicialmente existentes en el medio acuático.

En la cadena alimentaria terrestre se ha podido comprobar el alto poder de acumulación en los alimentos grasos en las cercanías de incineradoras de residuos sólidos urbanos de varios lugares de Europa, en1989 en Rinjmond, Rotterdam, y más recientemente, en 1998, en las cercanías de las incineradoras de Lille, al norte de París. En ambos casos se pudo observar que la leche de las vacas que pastaban en la zona contenía concentraciones muy superiores a las consideradas entonces admisibles y debió procederse a prohibir la comercialización de la leche y derivados lácteos, quesos, etc. durante varios años.

La vía alimentaria es actualmente la principal forma de incorporar dioxinas a nuestro organismo. El 95 % de las dioxinas penetran de esta forma, especialmente junto a alimentos ricos en grasas como los lácteos, el pescado y la carne.

Aunque ya se conocía que las dioxinas producían cáncer en animales de experimentación, hasta mediados de los 90 no se reconoció su capacidad para producir cáncer en el ser humano. En su informe de Septiembre de 1994 la USEPA (Agencia para la Protección del Medio Ambiente de Estados Unidos) reconoció que las dioxinas producen cáncer en humanos, que a dosis inferiores a las asociadas con cáncer ocasionan alteraciones en los sistemas inmunitario, reproductor y endocrino, que los fetos y embriones de peces, aves, mamíferos y seres humanos son muy sensibles a sus efectos tóxicos y que no existe un nivel seguro de exposición a las dioxinas.

El conocimiento de los riesgos que las dioxinas suponen para la salud es como puede verse todavía muy reciente y preocupan especialmente los efectos en el desarrollo neuroconductual e inmunitario de los niños debidos a su exposición en la vida intrauterina, ya que se ha podido comprobar su capacidad para atravesar las barrera placentaria y llegar al feto durante la gestación. También pueden llegar en concentraciones importantes al recién nacido con la leche materna durante la lactancia.

A medida que se ha ido avanzando en su conocimiento se ha ido reduciendo la “Ingesta Diaria Tolerable”(IDT). Así en 1990 la Organización Mundial de la Salud (OMS) fijó una IDT de 10 picogramos-TEQ por kilo de peso al día (un picogramo es una billonésima de gramo:0´000000000001 gramo). La IDT es la “Dosis máxima que se puede considerar no perjudicial para la salud humana en exposiciones prolongadas”. Ocho años después, en 1998, la propia OMS recomendó que no se sobrepasara la ingesta de 1 a 4 picogramos -TEQ/Kg/día. En Estados Unidos en cambio la USEPA fijó la Ingesta Diaria Tolerable en 0´006 pg-TEQ/Kg/día, una dosis 160 veces menor que la IDT recomendada por la OMS y 1660 veces menor que la fijada ocho años antes.

En determinadas exposiciones a contaminantes medioambientales resulta sumamente dificultoso llegar a establecer una relación causal entre la aparición de un efecto en salud y la exposición previa a determinado contaminante. Los efectos pueden producirse muy diferidos en el tiempo, muchos años después, especialmente cuando se trata de exposiciones a pequeñas concentraciones acumulativas como es el caso que nos ocupa. Se da además una exposición a múltiples contaminantes y a sus interacciones y determinadas enfermedades son de etiología múltiple.

Pero es en estas situaciones especialmente complejas cuando parece más oportuno adoptar el llamado “Principio de Precaución” .Tal como concluyeron en 1998 los expertos estadounidenses firmantes de la Declaración de Wingspread: “cuando una actividad amenace con daños para la salud humana o el medio ambiente deben tomarse medidas precautorias aun cuando no haya sido científicamente determinada en su totalidad la posible relación de causa-efecto”.

El Principio de Precaución viene a decir que es mejor prevenir que curar, actuar anticipándose a los problemas incluso en ausencia de una prueba concluyente del daño.

Mario Fernández López de Ahumada
Médico, Master en Atención Sanitaria al Medio Ambiente por la UPNA
Asociación para la Defensa de la Salud Pública



Nota:
El presente escrito está avalado con la firma de noventa y cinco profesionales de la Sanidad, pertenecientes a todos los ámbitos de la misma, desde la Medicina de Familia y Ambulatoria a la Medicina Hospitalaria y profesorado de la Facultad de Medicina de Cantabria.
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